domingo, 7 de octubre de 2012

LA DERROTA DE NELSON, EL MANCO DE TENERIFE

El 25 de julio de 1797 se produjo un hecho glorioso en las armas españolas en el que se enfrentaron dos insignes militares: el contralmirante Nelson, de la Royal Navy, y el teniente general del Ejército español don Antonio Gutiérrez.
Horacio Nelson nació en el año 1758. Ingresó como guardiamarina a los 12 años. Intervino en varias acciones de guerra. Su carrera fue fulgurante, a los 20 años ya era capitán de navío y comandante de la fragata Hinchimbrook. Tomó parte en un desembarco en Córcega, donde perdió un ojo. En el año 1797 ascendió por antigüedad al empleo de contralmirante.
Don Antonio Gutiérrez nació en el año 1734, y su figura es muy representativa de los militares del s. XVIII. Intervino en la última campaña de Italia del reinado de Felipe V. De teniente coronel mandó la fuerza que derrotó a los ingleses en las Malvinas. Llevó a cabo la operación de castigo sobre Argel, siendo coronel, en represalia por el ataque a Melilla, resultando herido. Ostentando el empleo de general de brigada venció por segunda vez a los británicos, a las órdenes del duque de Crillón, en 1782, en la recuperación de Menorca. Desempeñó los destinos de comandante militar de Menorca y gobernador militar de Mahón. En 1791 ascendió al empleo de teniente general, tomando el mando militar del archipiélago canario.

En agosto de 1796 Francia y España firmaron el Tratado de San Ildefonso, que a juicio de Inglaterra alteraba el equilibrio europeo, por lo que se dedicó a provocar a España, apresando los buques españoles surtos en puertos británicos. España declaró la guerra a la Gran Bretaña en octubre de ese mismo año.
La escuadra del almirante Jervis bloqueó Cádiz con el objeto de destruir a los buques españoles estacionados allí. El almirante Mazarredo defendió la ciudad y bahía brillantemente, organizando una flotilla de lanchas cañoneras que obligó a los británicos a retirarse a mayor distancia de la costa. El bloqueo duró varios meses, lo que dio lugar a una desmoralización de las dotaciones británicas por la dureza de la vida a bordo, las incomodidades propias de los buques en aquellos tiempos, la falta de actividad durante días que parecían interminables. Todo ello llevó a que algunas dotaciones se amotinaran.

Al estar bloqueado el puerto de Cádiz, los buques procedentes de ultramar descargaban sus valiosas mercancías en los puertos canarios, especialmente en la plaza fortificada de Santa Cruz de Tenerife. El almirante Jervis, como buen pirata inglés, decidió apresarlos para conseguir un botín que satisficiese la tradicional rapacidad de las dotaciones británicas. Comenzó enviando dos fragatas, que merodearon alrededor de la isla y que apresaron audazmente una fragata de la Real Compañía de Filipinas en abril de 1797. Varias fragatas realizaron exploraciones de la zona; apresaron una corbeta francesa, La Mutine. Llegaron a entrar en el puerto de Santa Cruz bajo bandera blanca con el pretexto de canjear prisioneros.
El almirante Jervis decidió emprender el ataque a Santa Cruz de Tenerife mediante un asalto anfibio en toda regla. Distinto a una mera operación de castigo, como los ingleses han tratado de difundir en un intento de disminuir la importancia de su descalabro, como siempre ha sido norma en las fuerzas armadas británicas en sus enfrentamientos con España.
Jervis destacó a una escuadra bajo el mando del contralmirante Nelson, compuesta por tres navío de línea, Theseus, Culloden y Zealous; tres fragatas, Seahorse, Terpsichore y Emerald; la balandra Fox y la bombarda Rayo. Esta fuerza naval dejó las aguas de Cádiz el 15 de julio de 1797 en dirección a Tenerife. El ataque tenía un triple objetivo: conseguir presas valiosas, romper la monotonía producida en el bloqueo de Cádiz y conquistar Tenerife mediante el asalto anfibio.
Tenemos constancia escrita del plan de ataque del contralmirante Nelson, entre otras cosas se planteaba una operación anfibia con el objetivo de ocupar la ciudad de Santa Cruz y, más tarde, embarcar los cargamentos que se consiguiesen en los buques y almacenes españoles.

La fuerza de desembarco se componía de 200 hombres por cada navío de línea, 100 hombres por cada una de las tres fragatas, completada con 80 artilleros, es decir, unos 1.000 hombres.
Por su parte, recibida en las Canarias la noticia de la declaración de guerra el teniente general Gutiérrez se aprestó con gran actividad a la defensa, preparándose para una larga resistencia. Reforzó las fortificaciones artilleras, antiguos fuertes con artillería regular, exceptuando la emplazada en los castillos de Paso Alto, de San Miguel y de San Andrés, con campos de tiro exclusivamente marítimos, por lo que un ataque desde tierra dificultaría en extremo su defensa. La guarnición de Tenerife contaba con las fuerzas siguientes:
- El batallón de Canarias, unidad de élite.
- Cinco regimientos provinciales de milicias, incompletos.
- Banderas de enganche o partidas de reclutamiento de los regimientos fijos de Cuba y La Habana.
- Cuatro compañías de artilleros en Santa Cruz, una en el puerto de la Orotava, otra en Garachico y medias compañías en La Candelaria y en el valle de San Andrés.
- Santa Cruz de Tenerife disponía de 375 artilleros milicianos que dotaban 84 cañones y 7 morteros.

La maniobra de la fuerza de desembarco británica comprendía dos fases. En la primera se desembarcaría a unas dos millas al nordeste del muelle de Santa Cruz, en la playa del Valle Seco, para en una maniobra de envolvimiento, tomar desde atrás, el castillo de Paso Alto; y desde aquí intimar a la rendición mediante carta al general Gutiérrez.
En la segunda fase, en el caso de que la rendición del castillo no produjera la rendición de la ciudad, se dirigirían al muelle para, desde allí, ocupar Santa Cruz.

La Escuadra de Nelson fue avistada en la noche del 21 al 22 de julio, se perdió la sorpresa estratégica, no así la sorpresa táctica, puesto que se desconocía el lugar del desembarco. Las fragatas inglesas, cargadas con las tropas a desembarcar, se situaron a unas tres millas de la costa. Las condiciones de mar y viento les impedían acercarse a la costa. Los tres navíos de línea se mantenían alejados. Comenzó el desembarco con 23 botes hacia el barranco del Bufadero y otros 16 hacia el centro de la ciudad. La arrogancia británica superaba a su prudencia. Las adversas condiciones meteorológicas y la temprana alerta hicieron que se abortase el desembarco ante el temor del desperdigamiento de las lanchas de desembarco. A las diez de la mañana, los botes remolcaron a las tres fragatas cerca de tierra, comenzando el desembarco de unos 1.000 hombres, que pusieron pie a tierra en la playa del Valle Seco soportando el fuego artillero del castillo de Paso Alto. Cuando los infantes de marina británicos alcanzaron una colina cercana fueron enfilados por el fuego cruzado de los defensores, unos 165 hombres de las unidades más escogidas de la guarnición. Los británicos fueron parados en seco, el intento de tomar Paso Alto por la retaguardia había fracasado.
Al mismo tiempo, el general Gutiérrez había ordenado al jefe del batallón de Canarias que fuese a La Laguna para reunir a los milicianos y, con ellos, dirigirse con velocidad hacia el Valle Seco con intención de ocupar los pasos de penetración y alturas que abrían el camino del interior de la isla. Consiguieron su objetivo el mismo día 22.
Todo el día 23 se intercambió fuego de fusil y de cañón. Los ingleses se encontraron con muchas dificultades, no parece que tuviesen un conocimiento adecuado de los alrededores de Santa Cruz para intentar una progresión hacia el interior e incluso para desembarcar con éxito. El contralmirante Nelson observó que el desembarco había fracasado, ordenó la retirada, y la fuerza, amparada por la oscuridad de la noche del 23 al 24, comenzó su retorno hacia la playa y su reembarco en las fragatas. Las tres fragatas levaron anclas y navegaron hacia La Candelaria, era una maniobra de diversión. El general Gutiérrez no se dejó engañar, estaba convencido que el próximo asalto consistiría en un ataque frontal sobre la ciudad desde el muelle y , por tanto, cambió el despliegue de sus fuerzas del siguiente modo: estableció su puesto de mando en el castillo de San Cristóbal; en el castillo de Paso Alto quedó un retén de sólo 30 hombres; concentró la fuerza, reforzada con todos los milicianos restantes, en Santa Cruz; ordenó la alerta a todos los castillos, torres y baterías; designó el batallón de Canarias como reserva, para acudir a donde fuese necesario.
Nelson, el marino genial, y hasta el momento invicto, se enfrentaba con una situación insólita que tenía que resolver para salvar el honor de la Royal Navy. Convocó a los comandantes y les comunicó su decisión de conquistar Santa Cruz a toda costa mediante un asalto frontal desde el muelle. Llegó desde Cádiz la fragata Leander para reforzar la escuadra.
A las seis de la tarde del día 24, fondearon a dos millas al nordeste del muelle de Santa Cruz. Una hora más tarde comenzó el duelo artillero con el castillo de Paso Alto. Entre las nueve y las doce de la noche se produjo el embarco de la fuerza en las lanchas de desembarco, unos 700 hombres en seis grupos de lanchas, 180 a bordo de la balandra Fox y 80 en una pequeña goleta canaria apresada días antes.
A las cero horas del día 25 comenzó la fase de movimiento buque-costa. Los comandantes de los buques mandaban personalmente los grupos correspondientes. La noche era cerrada, con visibilidad escasa y fuerte marejada. La navegación transcurría sigilosamente, los hombres en silencio, y los remos forrados con lonas para evitar hacer ruido al entrar en el agua.
Nelson decidió mandar personalmente la fuerza de desembarco, lo que resulta un tanto extraño desde un punto de vista funcional e incluso orgánico. Los objetivos eran el muelle y el castillo de San Cristóbal. Debían desembarcar agrupados en el muelle, tomar el castillo de San Cristóbal, desplegar en orden de batalla en la plaza de la Pila (actualmente plaza de La Candelaria), desde allí intimidar a la población y esperar a su reacción.
La fragata española San José, a 500 metros del muelle, dio la alarma y casi simultáneamente la dio también el castillo de Paso Alto. Inmediatamente todas las baterías abrieron fuego con toda clase de proyectiles y metralla, hundiendo a la balandra Fox, que perdió 97 hombres y tuvo numerosos heridos, produciendo un verdadero infierno como dirían los supervivientes más tarde.
La resaca y la marejada dispersaron hacia el sudoeste a la fuerza atacante. Solamente tres de los seis grupos alcanzaron el muelle, de estos sólo cinco lanchas consiguieron desembarcar todos sus hombres, el resto encallaron entre los castillos de San Cristóbal y de San Telmo, siendo hostigadas por el fuego de fusil de los milicianos.
Nelson, que iba en el cuarto bote, justo en el momento de desembarcar recibió un impacto en el brazo derecho y tuvo que ser evacuado a su buque insignia, donde un cirujano francés a la vista de la gravedad se lo amputó.
El resto de la fuerza, los tres grupos restantes, consiguió desembarcar más al sudoeste, lejos de su objetivo. Después de una marcha forzada, atacaron el castillo de San Cristóbal por la retaguardia. No lo consiguieron. Estaba al mando el capitán de navío Troubridge quién, con una arrogancia típicamente británica, envió un mensaje al general Gutiérrez para que se rindiese. A continuación se dirigió a la plaza de la Pila, recogiendo a todos los hombres que habían desembarcado de modo disperso. Se le unió el grueso de los desembarcados llegando desde el barranco de los Santos hasta la plaza de Santo Domingo. Los defensores cercaron a los ingleses, que tuvieron que refugiarse en el convento de Santo Domingo.
El batallón de Canarias, previa orden, ocupó el muelle con el fin de cortar la retirada y también para impedir la llegada de refuerzos procedentes de los buques. El regimiento de La Laguna recibió la orden de dirigirse también al muelle en dos columnas, una por la retaguardia de la plaza de Santo Domingo, para evitar la progresión del enemigo hacia el interior, y la otra siguiendo la línea de costa. Tanto las órdenes como los movimientos de los defensores fueron acertados y ejecutados con rapidez y eficacia.
Troubridge, de nuevo, a pesar de su desesperada situación, tuvo la ridícula ocurrencia de exigir la rendición, a la que el general Gutiérrez replicó con dignidad y contundencia. El combate bajaba de intensidad, todos estaban a la espera de acontecimientos.
Nelson intentó en la madrugada reforzar el ataque enviando 15 botes hacia el muelle. Las baterías costeras abrieron fuego sobre ellos, hundiendo a tres; los doce restantes viraron de bordo y se dirigieron a sus buques.
La situación era insostenible para los atacantes, con el grueso de sus fuerzas cercadas en el convento de Santo Domingo, el resto fijadas en el muelle y sin posibilidad alguna de recibir refuerzos.
Finalmente, Troubridge se rindió a la evidencia y envió a parlamentar al comandante Hood para conseguir una derrota honrosa. Este Hood llegó con aires de superioridad e intentando intimidar a los oficiales españoles con ínfulas de superioridad. Fue despedido con cajas destempladas; tuvo que agachar la cerviz y pedir humildemente ser presentado al general Gutiérrez. Los ingleses firmaron su rendición a las siete de la mañana del día 25. 
La lucha había durado cinco intensas horas.
El general Gutiérrez, demostrando una caballerosidad ejemplar, concedió magnánimas condiciones: Los británicos volverían a sus buques con todas las armas, se devolverían los prisioneros y se comprometerían a que ningún buque bajo bandera británica atacaría las islas del archipiélago canario (como si los ingleses respetaran la palabra dada).
A las 7 de la mañana, sin tener conocimiento de lo que se estaba tratando en tierra, el Theseus y el Emerald se acercaron al valle de San Andrés, se produjo un duelo artillero que causó leves daños en ambos buques.
Los ingleses salieron del convento de Santo Domingo dirigiéndose a la plaza de la Pila, formados y con las banderas desplegadas y a tambor batiente bajo la vigilancia de las fuerzas defensoras. El reembarco se hizo con dificultad por haber sido destruidas la mayor parte de las lanchas británicas, teniendo que recurrir a algunos botes y a dos bergantines españoles.
Troubridge desembarcó al día siguiente con bandera blanca para recoger a los heridos, llevando una carta de Nelson para el general Gutiérrez agradeciendo su caballerosidad con los atacantes, puesto que había ordenado la hospitalización de los heridos y había proporcionado abundantes raciones de pan y de vino. El general invitó a los comandantes de los buques a su mesa intercambiando regalos: Nelson envió un queso y una barrica de cerveza y el general correspondió con dos botellones de vino y una carta en la que se expresaba de manera análoga.
En la tarde del día 26 los buques rindieron honores fúnebres, con 25 cañonazos y arriado de sus banderas, en memoria del capitán de fragata Bowen, comandante del Terpsichore, muerto en el combate del día anterior.
La escuadra británica abandonó las aguas de Santa Cruz en las primeras horas de la tarde, dejando como recuerdo de su derrota la bandera del Emerald, un cañón de campaña y numerosas armas de fuego y blancas que se conservan en el Museo Militar de Santa Cruz, junto con el cañon “Tigre” al que la tradición local atribuye el impacto sufrido por Nelson, hecho imposible de demostrar.
La fragata Emerald entregó en Cádiz, a las autoridades españolas, por orden de Nelson el parte de la victoria española
Las bajas inglesas se cifraron en 177 ahogados, 51 muertos por armas, 128 heridos y 5 desaparecidos. Las bajas españolas fueron 32 muertos y 40 heridos.

Conclusiones

1.- El ataque fue tan audaz como mal concebido
2.- El ataque se realizó con intrepidez y arrojo por parte inglesa
3.- La confianza del almirante Nelson en sí mismo y la minusvaloración del enemigo contribuyeron a su derrota.
4.- El fracasado ataque anfibio se debió en gran parte a la heroicidad, a la rapidez en la movilización del pueblo tinerfeño y a la brillante defensa de las fuerzas españolas, constituyendo un hecho glorioso de nuestras armas, conducidas por un insigne militar.
5.- La victoria conseguida por el teniente general Gutiérrez no es suficientemente conocida ni valorada: seguramente esto será debido a la rapidez y a la facilidad con que se consiguió.
6.-   Esta era la tercera victoria del teniente general Gutiérrez sobre los ingleses.
7.-  Esta fue la única derrota de Horacio Nelson

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